EL MIEDO ENTRA EN LA BLANCURA; AÚN El miedo entra en la blancura; aún sus alas hienden la serenidad y disciernen la sal y la ceniza. Lívidas hélices y, en el espesor, lentitud de los pájaros, augurios en las venas azules de las aguas. Ah pétalos temibles, semejantes a …
Leer más »En la ebriedad le rodeaban mujeres, sombra, policía, viento
En la ebriedad le rodeaban mujeres, sombra, policía, viento. Ponía venas en las urces cárdenas, vértigo en la pureza; la flor furiosa de la escarcha era azul en su oído. Rosas, serpientes y cucharas eran bellas mientras permanecían en sus manos.
Leer más »Busco tu piel inconfesable
Busco tu piel inconfesable, tu piel ungida por la tristeza de las serpientes; distingo tus asuntos invisibles, el rastro frío del corazón. Hubiera visto tu cinta ensangrentada, tu llanto entre cristales y no tu llaga amarilla, pero mi sueño vive debajo de tus párpados.
Leer más »Vigilaba la serenidad adherida a las sombras
Vigilaba la serenidad adherida a las sombras, los círculos donde se depositan flores abrasadas, la inclinación de los sarmientos. Algunas tardes, su mano incomprensible nos conducía al lugar sin nombre, a la melancolía de las herramientas abandonadas. Cada mañana ponía en los arroyos acero y lágrimas y adiestraba a los …
Leer más »La inexistencia es hueca como las máscaras
La inexistencia es hueca como las máscaras y su visión es lívida, pero tú oyes el grito de las madres del agua y acaricias los ojos que vieron la inexistencia.
Leer más »Cada mañana ponía en los arroyos acero
Cada mañana ponía en los arroyos acero y lágrimas y adiestraba a los pájaros en la canción de la ira: el arroyo claro para la hija dulcemente imbécil; el agua azul para la mujer sin esperanza, la que olía a vértigo y a luz, sola en el albañal entre banderas …
Leer más »Nuestros cuerpos se comprenden cada vez más tristemente
Nuestros cuerpos se comprenden cada vez más tristemente, pero yo amo esta púrpura desolada. Ah la flor negra de los dormitorios, ah las pastillas del amanecer.
Leer más »Era incesante en la pasión vacía
Era incesante en la pasión vacía. Los perros olfateaban su pureza y sus manos heridas por los ácidos. En el amanecer, oculto entre las sebes blancas, agonizaba ante las carreteras, veía entrar las sombras en la nieve, hervir la niebla en la ciudad profunda.
Leer más »Entra otra vez en las alcobas blancas
Entra otra vez en las alcobas blancas. Grandes son las jarras de la tristeza en las manos mortales. Entra otra vez en las alcobas blancas.
Leer más »El vino era azul en el acero
El vino era azul en el acero (ah lucidez del viernes) y dentro de sus ojos. Suavemente, distinguia las causas infecciosas: grandes flores inmóviles y la lubricidad, la cinta negra en el silencio de las serpientes.
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Antonio Gamoneda El vigilante de la nieve