Extravío en la luz

 


Extravío en la luz
Casariego, 2007

Este libro contiene seis poemas (cinco de ellos inéditos) de Antonio Gamoneda ilustrados con veinte grabados de Juan Carlos Mestre, precedidos por dos preámbulos de Amelia Gamoneda.
Atravesada por una luz gélida, por una aguda conciencia de la fatalidad, la poesía de Gamoneda ha sido reconocida con el Premio Nacional de Poesía en 1988, el Premio Cervantes en 2006 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en 2006.
Los poemas de Gamoneda recogidos en este libro tienen un movimiento de búsqueda, de revelación; tienen una fuerza moral que hacen aún más hondo el discurso poético. Juan Carlos Mestre, poeta y artista visual, ha ilustrado estos poemas de Gamoneda con veinte grabados engendrando, así, una obra única en la que el verso y la imagen dialogan de forma deslumbrante. La belleza, la intensidad y la elegancia de esta conjunción permanecerán siempre en la memoria de quien haya tenido este libro entre sus manos.

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Por JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS, En El País, Sevilla. 7-03-2009

“He aprendido que los poemas se escriben en cualquier parte, en los trenes, en los aeropuertos, en los hoteles…”. Lo dice Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) en un hotel, precisamente. En Sevilla. Ha pasado allí toda la semana, en un congreso titulado Factor humano en el que el premio Cervantes de 2006 dio una conferencia titulada El mundo del poeta. Todavía tardará en volver a León. El lunes estará en el Círculo de Bellas Artes de Madrid presentando Antonio Gamoneda. Escritura y alquimia, una coproducción hispano-argentina impulsada por el cineasta rioplatense Tristan Bauer –que en 1994 realizó un documental ya clásico sobre Julio Cortázar– y dirigida por Enrique Corti y César Rendueles.

El estreno del filme coincide además con la aparición de Extravío en la luz (Casariego), una edición de seis poemas inéditos con grabados de Juan Carlos Mestre, y con Iluminaciones. Antonio Gamoneda (RD Editores), un descarnado retrato del poeta y del León de la Guerra Civil firmado por el novelista Andrés Sorel.

La película se rodó en 2007 en los escenarios cotidianos de Gamoneda, sobre todo en su casa, pero también en los bosques por los que solía pasear antes de que un accidente –lo atropelló una furgoneta– le dejara “las tabas maltrechas”. “Un día, en el rodaje, pasé dos horas con los pies en la nieve”, recuerda el autor de Libro del frío, que considera que sale “demasiado” en su propio documental. “Otro fuimos a la casa en la que viví de niño, en el Crucero, el barrio obrero de León”.

Esa casa es, además, fundamental en Un armario lleno de sombra, unas memorias de infancia “nada gloriosas” que Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores publicará esta misma primavera. En un balcón del número 4 de la carretera de Zamora pasó Antonio Gamoneda sus primeros años en León: “No se me olvida el sabor del hierro oxidado. Al morir mi padre, mi madre aguantó poco en Asturias. Era asmática y los médicos le dijeron que se fuera. El clima la estaba matando. Yo tenía tres años cuando nos instalamos en la casa de mi madrina, mujer de un ferroviario”.

Todavía hoy Gamoneda es capaz de calcularle a su interlocutor la mejor combinación para viajar en tren. “En aquella casa los trenes eran los reguladores del tiempo. ‘Ya viene el correo de Galicia. Ahí pasa otro’, decíamos. Me impresionaba cómo se perdían en la chopera, la desaparición”. Con la Guerra Civil –”de la que tengo recuerdos más precisos que de cosas de hace 15 días”–, los trenes empezaron a llegar cargados de republicanos camino de la cárcel instalada en el hostal de San Marcos. Para evitar que los presos pasaran por la zona noble de la ciudad, detenían los trenes antes de llegar a la estación y los conducían bajo el balcón de Gamoneda.

“Aquel barrio”, apunta, “fue de los que más represión sufrió. Se oían los gritos de las mujeres a las cuatro de la mañana. Frente a mi casa había una viuda loca que se paseaba desnuda y gritando por la noche”.

La guerra se llevó por delante la pensión que la madre del poeta cobraba de La Voz de Asturias, donde su padre había ejercido a la vez de administrador y director. Consumidos los ahorros, llegaron a la casa dos máquinas para hacer punto “de incrustación” y vainica: “Pero en aquellos años ni León y España estaban para muchas vainicas. Lo pasamos mal”.

Las memorias del poeta comienzan en 1936 y terminan, recuerda él mismo con precisión, en la madrugada del 1 de junio de 1945. El día antes había cumplido 14 años y entró a trabajar en el Banco Mercantil encendiendo la calefacción.

El título del libro y la idea de escribirlo surgieron el día en que, dos años después de la muerte de su madre, el poeta se decidió a abrir un armario que, en vida, sólo abría ella: “De pronto me vino el olor de mi madre viva. Era una situación desconcertante, como un sueño. Estaba lleno de ropa, objetos y papeles, cosas que se convirtieron para mí en símbolos”. “Además”, añade, “resulta que uno tiene más recuerdos de los que recuerda. Son como las cerezas. Te acuerdas de una cosa y ésa trae otro recuerdo consigo”.

En mayo Antonio Gamoneda cumplirá 78 años. Y no para de viajar –Viena y Ginebra están entre sus próximas estaciones–. Tampoco ha parado de escribir. Para algo sirven los hoteles. Lo poemas incluidos en Extravío en la luz forman parte de la treintena que lleva escritos desde que, en 2004, reunió toda su poesía en el volumen Esta luz (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores). El conjunto, que todavía no tiene fecha de publicación –”por primera vez en mi vida tengo el título antes que el libro”–, se llamará Canción errónea.

“La vida es un error lleno de cosas maravillosas –la amistad, el amor–, pero un error. Ir de la inexistencia a la inexistencia es un asunto raro, ¿no? Y esto a mí no me parece metafísica. Son hechos”. Y continúa: “Al final te das cuenta de que la vida es un curso preparatorio para la muerte. Uno aprende a convivir con el miedo. Ya que atravesamos un error vamos a atravesarlo de la forma más consciente posible, aprovechando las cosas buenas y luchando contra la injusticia”.

¿Quiere eso decir, la eterna pregunta, que la poesía puede cambiar el mundo? “No. La poesía intensifica la conciencia, pero no puede cambiar al mundo. Ésa ha sido una propuesta imaginaria. La poesía tiene que ser subversiva en su lenguaje, no en su contenido. En contenidos no puede competir con un periódico”. En su opinión, hay muy pocos poetas capaces de realizar con altura “la síntesis entre el pensamiento poético y una ideología”. Entre ellos, los autores “anónimos y múltiples” del primer cancionero, los letristas del jazz, César Vallejo y el turco Nazim Hikmet, a cuyos Poemas finales (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo) Gamoneda acaba de poner un prólogo en forma de poema.

“Entiendo más de vino que de poesía”, dice. “Yo no sé lo que sé hasta que no me lo dicen mis propias palabras”. O las palabras de otro. Estos días relee las Soledades, de Góngora. Lo que no ha vuelto a escribir es crítica de arte, algo a lo que se dedicó durante años: “La crítica es un imposible. ¿Cómo se le cuenta a un ciego qué es el color azul?”.

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